La fallera cósmica

Ni un solo día vacío en los diarios de Virginia Woolf

Hace un año crucé el Atlántico. No lo había hecho antes. Me da pánico volar y no hay forma de controlarlo. Ni siquiera la química funciona. Si recurro a las pastillas, no me hacen efecto hasta que tomamos tierra, lo que significa que el primer día en la ciudad de destino lo paso medio dormida y con ganas de encerrarme en la habitación del hotel a ver en posición horizontal episodios de alguna serie sobre abusos o crímenes sin resolver. Pero, a pesar de todo esto, hace un año me armé de valor y en compañía de una de mis mejores amigas, que me dio la mano en el despegue de un avión que se llamaba Mariano, conseguí que mis nervios sobrevivieran a las ocho horas de vuelo que me separaban de Nueva York. Dos eran las razones de nuestra visita a la ciudad: acudir en el Instituto Cervantes a la charla entre Carmen de la Guardia y Elvira Lindo sobre Victoria Kent y Louise Crane en Nueva York. Un exilio compartido y que yo visitara en la New York Public Library la Berg Collection, donde se encontraban los diarios de Virginia Woolf.

El diario de Virginia Woolf. Volumen I (1915-1919). Tres Hermanas Ediciones. Noviembre 2017

Con este fin, había iniciado meses antes del viaje mi correspondencia con Josh, un educado pero frío bibliotecario de la Berg, que en uno de los correos que intercambiamos me sugirió acudir bien abrigada a la biblioteca, “con un suéter muy grueso”, puesto que no estaba permitido en la sala de consulta el uso de prendas de abrigo entre las que se pudiera camuflar el robo de algún documento de valor incalculable. Durante semanas practiqué mi paupérrimo inglés con Josh vía correo electrónico y, por fin, la mañana del martes 29 de noviembre, llegó el momento de conocerlo en persona. Para entonces yo ya llevaba tres días en Nueva York y en compañía de Imma y sus hijos, Gabo y Martina, me había sacado un selfie delante del Flat Iron y había subido al Empire State; había visitado Columbia y River Side Drive, el parque del exilio español, gracias a la hospitalidad de Carmen; y había comido con Elvira en un italiano estupendo, con mostrador de fiambres, cerca de la calle 72, un restaurante que, de no ser por ella, yo no hubiera descubierto nunca. Había recorrido kilómetros a pie y, como se dice en Valencia, había hecho “todo lo que tocaba hacer”. De manera que la mañana del 29, después de desayunar café, huevos y bacon en el salón comedor de Leo House, el hostal de Chelsea en el que me hospedaba, salí a la calle 23 sintiéndome en comunión absoluta con los neoyorkinos, como si fuera una más.

Llovía, llevaba vaqueros, un buen abrigo impermeable que me había prestado Cristina y, debajo, un forro polar del Decathlon.

Me crucé a Harvey Keitel en chándal.

Recorrí la calle 23 hasta la quinta avenida y subí hasta el cruce con la 42 deteniéndome –aunque nadie se detenía– ante los semáforos colgantes, y me sentí igual que en Madrid, la clase de persona afortunada que tiene un destino bajo la lluvia. Fue en ese trayecto, por primera vez desde el aterrizaje en el JFK, cuando pensé en Virginia Woolf.

El tiempo es caprichoso.

Nos impide saberlo todo de nuestras acciones… quién escribe no puede estar seguro de quién lo leerá. Ojear unos diarios ajenos es como profanar una tumba. La acción no debe abordarse desde el ímpetu del turista “antiecológico” que se adentra con chanclas y camisa de flores en la Sagrada Familia, sino desde el laborioso silencio del arqueólogo que logra acceder a las cámaras funerarias de las pirámides.

Un diario es un mensaje secreto y su lectura exige el silencio que antecede a las palabras mágicas.

Los días vacíos
Llegué pronto. Josh llegó tarde. Pude tomarme un café en una pequeña cafetería sin mesas y con barra; blanca, estrecha y rectangular, igual que el escenario de una película de Kubrick. Allí todo era cálido y húmedo a la vez, y la calle 42 se veía viva y atestada de tráfico al otro lado de la puerta de cristal. La gente entraba empapada y se marchaba rápido. Un abrir y cerrar de paraguas. Las gotas de agua deslizándose por las gabardinas caras. Los zapatos brillantes echados a perder. Conversaciones de bar en un idioma casi desconocido.

En 1940 bombardearon la casa de Virginia Woolf en Londres, en Tavitstock Square, y ella eligió salvar sus diarios y permitir que muchas otras cosas se desvanecieran, víctimas primero del fuego y luego del carácter vírico de las ruinas. Pero los diarios, no; los diarios estaban destinados a perdurar y a fundirse con una ciudad a miles de kilómetros de donde fueron escritos porque, aunque entre sus páginas no aparecen los taxis amarillos, ni los letreros de neón, ni tampoco los rascacielos y alguna que otra rata entre los andamios, ahora es en ese espacio donde residen.

Anoté esa idea en una libretita rosa que había comprado en Madrid –los elementos externos de la lectura, que también son lectura y la cambian–.

Virginia Woolf completó a lo largo de su vida, a la que puso fin en el río Ouse un año después de que las bombas destruyeran su casa de Londres, treinta cuadernos con sus experiencias cotidianas. Ya hay rastro de los diarios en 1897, aunque Anne Olivier Bell decidió comenzar su edición con las entradas de 1915, las que inician el primer volumen que en Tres Hermanas Ediciones acabamos de publicar, traducido por Olivia de Miguel y con prólogo de Inés Martín Rodrigo: 1915-1919.

Ni un sólo día vacío.

La sala de la Berg era pequeña y de una antigüedad señorial: muebles de madera, paño verde, vitrinas del suelo al techo con carpetas rojo sangre dentro. Archivadores y bustos de intelectuales ilustres que no reconocí. Efectivamente, hacía frío, pero Josh y yo nos entendimos bien. Quince minutos después de mi llegada estaba delante de una máquina de microfilm, admirando la cubierta del cuaderno relativo a 1920. Era preciosa, estampada con motivos orientales en blanco y negro. Me pareció un tesoro. Y sin plantearme si debía pedir permiso o no, encendí el Ipad y la fotografié.

Así seguí durante toda la mañana, fotografiando las libretas en las que Virginia enumeraba los libros que había leído y con mucha frecuencia hablaba del viento, lo nombraba con una caligrafía picuda, salpicada de tachones y no siempre recta, la mayoría de las veces ilegible, que se agolpaba al final de la página como una víctima al borde de un precipicio que se resistiera a saltar. La escritura rápida de quien sabe que escribe para sí misma como quien come en soledad y renuncia a los cubiertos; una escritura físicamente animal.

Enseguida me di cuenta de que no había ni un solo día vacío. Incluso en aquellas entradas en las que la autora no había escrito nada, el día aparecía mencionado, escrito, constatando su tránsito sobre el papel, ganando peso, mostrándose ante ella. Eso me llamó la atención, pensé que quizás para Virginia Woolf aquello que no fuera susceptible de ser contado no existía, ni siquiera el tiempo transcurrido libre, fuera de los cuadernos, merecía la pena si no se dejaba de él una pequeña huella que abriera la puerta a un recuerdo más exacto, con el que poder jugar.

En el cuaderno de 1903 no hay fechas, sino conceptos. Una de las entradas se llama La tormenta.

En el cuaderno de 1904, utiliza un sello para marcar la fecha y procura dedicarle a cada día la misma extensión. También menciona los preparativos de un viaje a Madrid

Más listas de bibliografía en 1905.

Más fotografías.

Perdí la noción del tiempo.

Cuando Josh se marchó a comer, la compañera que lo sustituyó me obligó a borrar todas las imágenes de la tableta. Inmortalizar los diarios estaba prohibido y por un momento, dado el nivel de indignación de mi interlocutora, pensé que acabaría detenida sin poder volver a casa. Me asusté, prácticamente salí corriendo. Un guardia de seguridad me persiguió por el jardín que rodeaba la biblioteca. Me asusté aún más, me di por presa. El guardia sólo quería que le devolviera la bolsa de plástico que me habían dejado en el guardarropa para llevar el bolígrafo, el iPad y la libretita rosa. Aún estaba nerviosa, pero me reí. No me di cuenta de que llovía a cántaros y acabé refugiándome en un Starbucks. Después de un café caliente, regresé andando hasta mi mugrienta habitación en Chelsea a pesar del aguacero.

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