La fallera cósmica

Los días extraños y las palabras mágicas

Matute

Me distancio de la realidad; la realidad se hace cada vez más pequeña, como la tierra que se aleja para el pasajero inexperto de un globo aerostático: las casas diminutas; los árboles microscópicos; los habitantes de la ciudad convertidos rápidamente en puntos negros con los que cualquier tipo de contacto es imposible. Se interrumpe la comunicación y vuelvo a escribir en este blog que siempre ha tenido algo de mensaje en la botella, de bengala de auxilio.

Busco de nuevo las palabras mágicas.

Me niego a rendirme, me obligo a  no hacerlo, y es por eso que me adentro en una serie de días extraños en los que casi todo lo que ocurre -los encuentros, las conversaciones, los trayectos- se presenta teñido del color de los sueños en la fase REM.

Escribo cosas crueles y me pregunto si eso significa que soy cruel.

En este tiempo he dejado de morderme las uñas, que ya no sangran.

Me compro una crema de manos por un euro y, mientras me acaricio los dedos, que huelen a pomada, me interrogo acerca del hecho extraordinario de que me gusten dos hombres a la vez. Juego con esa idea, podría escribir con ella una novela de trescientas páginas, pero ya sé que no me iré a la cama con ninguno. Es demasiado grande el precipicio, el hueco es demasiado oscuro. Abril se acaba y llueve tanto que me asomo a la claraboya de la buhardilla con la esperanza de ver aparecer a lo lejos el arca de Noé. Vuelvo a escuchar a Korzeniowski, transito por esa clase de estado de ánimo que los instrumentos de cuerda entienden tan bien.

Y me canso a mí misma al escucharme decir y escribir una chorrada tras otra.

Nadie dice la verdad.

¿Cómo se puede estar vacío por dentro? ¿Se sabrá? ¿Existe el diagnóstico?

De repente se me concede el privilegio de recorrer espacios que recuerdan los escenarios de Herida y La vida de los otros.

La lluvia y las horas muertas en días laborables.

El silencio interior de dirigirse a alguna parte sin compañía.

Cada una de las imágenes tópicas que conforman un paisaje que no lo es: la gente saliendo del metro; el reflejo en los escaparates; el sueño delante de la televisión; la espera en el andén; un exceso de café. Decenas de mensajes y encuentros que no significan nada.

CumbresSé que, para bien o para mal, no me conformaré. Y leo a Emily Brontë, cuya vida transcurrió casi íntegra en los páramos de Yorkshire y, aún así, escribió fragmentos como este sobre el amor que agitaba los espíritus de sus personajes en Cumbres borrascosas:

“Él lo es todo para mí. Si no quedara nada ni nadie más que él, yo seguiría existiendo; pero si todo lo demás quedara y él desapareciera, el universo se convertiría en algo completamente ajeno a mí, de tal suerte que no me sentiría parte de él. Mi amor por Linton es como el follaje de un bosque: el tiempo lo hará variar, qué duda cabe, como el invierno hace que cambien los árboles. Mi amor por Heathcliff es, sin embargo, como las rocas eternas que nos sustentan: no son una fuente de gozo que tengamos a la vista, pero no podemos prescindir de ellas”.

¿Cómo es posible que alguien que apenas “vivió” supiera tanto? Me aterra la idea que subyace en la pregunta, que le da la vuelta: ¿y si abandonar el estado de ignorancia no dependiera únicamente de una cuestión de voluntad?

No basta con tener en nuestro poder todas las piezas del puzle, lo importante es saber encajarlas bien.

Echo de menos esa habilidad.

 

 

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